“Paseando por el Zoco Chico” de Sergio Barce

Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil. La singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color. En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban Paseando por el Zoco Chico.

10363743_10202563881286389_5250134160039991436_n Para cantar a Larache se necesita de una imaginación dotada de un gran cromatismo, y de una pluma diestra, como la del autor, que absorbe colores, pinta aromas y extrae texturas inimaginables. Donde la melancolía se transforma en luz y, en un ejercicio cargado de nostalgia, ahuyenta lo superfluo y lo solemne queda velado para dejar paso a la sencillez de la cotidianidad.

La curiosidad que sintió desde muy temprano le hizo atesorar en su portentosa memoria material valioso para construir sus recuerdos, escombros que recoge cada vez que vuelve a su Meca y edifican de nuevo para rememorar su infancia privilegiada.

Larachensemente aparece en el titulo como un suspiro que se escucha en profundidad, es como tomar un té saboreando los aromas lentamente, mientras se es testigo de la realidad encontrada, de la que te apoderas para endulzar la bebida.

Sergio Barce guarda un as en la manga y sorprende con un punto de inflexión en el capítulo “La cautiva” en el que la atmósfera envolvente de un cuadro sumerge al adolescente que lo contempla en un momento íntimo y sensual, conquistando de forma irrefrenable al lector en la escena.

Atención a la banda sonora, y no me refiero a la excelencia de Cole Porter, que también se escucha. Hay una partitura original que se ejecuta en todos y cada uno de los relatos, y son las voces de los más queridos, las que pasearon por el zoco, las de las frenadas de bicicleta, las del cine y del colegio. Voces que contemplaron el balcón del Atlántico, las que cruzaban el Lucus para alcanzar la playa y, sobre todo, las de sus amigos, entonces niños que descubrían a gritos la aventura de vivir en Larache.

La mítica historia de Larache junto a su emplazamiento geográfico, donde el Lucus y el Atlántico se dan el eterno abrazo, deja para las miradas que escuchan un paisaje digno de hermosa leyenda.

Al poco de iniciar la lectura por el Zoco Chico, si se ha realizado larachensemente, el lector habrá alcanzado la categoría de  converso. Seguramente no podrá prescindir de seguir recibiendo noticias de Larache, aquí recopiladas en treinta relatos que llegan tan frescos como una crónica diaria, una noticia comentada con anchura y con poca extensión, donde la voz del autor fascina con su amplia paleta y seduce como los colores que se filtraron por la ventana de Matisse.

¡Enhorabuena, Sergio Barce!

https://sergiobarce.wordpress.com